Sus arenales y costas
Noventa, nada más y nada menos, son las playas bañadas por el mar cantábrico en nuestra Comunidad. Arenales de toda índole; agrestes, aisladas, urbanas, grandes, pequeñas… Lugares para descansar, hacer deporte o disfrutar con la familia. Infinitas posibilidades para una comunidad infinita.
Quince de estas playas han sido distinguidas con la bandera azul de la Fundación Europea de Educación Ambiental.

Podríamos estar visitando los arenales cántabros, día a día, durante dos meses, sin repetir. Eso es un lujo al alcance de muy pocas comunidades, cuestión de la que la Consejería de Cultura, Turismo y Deporte, junto con todos los vecinos de Cantabria, hacemos gala.
En la Capital, Santander, se combina un entorno urbano con lo esencial de la naturaleza, playas y paisajes, entre otros. Las playas de Santander, el Sardinero, la Concha, Los Peligros, y como no, bikinis, dentro de la Península del Palacio de la Magadalena, residencia estival de Alfonso XIII, no son, por ser de la capital, arenales sobre explotados, ni masificados, sino que mantienen sus características naturales, que hacen de ellas espectaculares parajes, rodeados de todo lo necesario, pero sin perder atisbo de paisajes vírgenes.
Muy cerquita, a 15 kilómetros escasos, se encuentra el Parque Natural de las dunas de Liencres, con una longitud de algo más de 2800 metros, es el sistema dunar más grande de todo el litoral cántabro.
En frente del casco histórico de Santander, o lo que queda de él, debido al incendio que sufrió la ciudad en 1941, se encuentra una de las bahías más hermosas del mundo, combinando montaña y mar en muy pocos kilómetros, gracias a la “complicada” orografía de la región. Desde esta localización, un cuadro viviente, podemos observar barcos entrando y saliendo del puerto, ya sean de recreo, pesca o carga. Por otro lado se avista Peña Cabarga, montaña emblemática para Cantabria, desde la que se puede observar la región casi al completo, y toda la ciudad de Santander. La península de Pedrosa, el Puntal de Somo, Pedreña, las montañas de “Alisas”, un sinfín de vistas hermosas, de ahí la importancia turística de la bahía de Santander, como hemos dicho antes, catalogada de las más bellas del mundo.

Hacía el Este de Santander, en unos 50 kilometros, llegamos a los arenales de Santoña, “Playa de Berria”, y Laredo, “Playa de Salvé”. Esta última, la más extensa de todo el litoral cántabro, además de ser uno de los que más afluencia de visitantes recibe. Más de 4000 metros de arena fina, con una vista excepcional, el monte Buciero, situado en la localidad de Santoña.
En Santoña, quizás, lo más representativo son sus marismas. Un espacio protegido de 38 kilómetros cuadrados de extensión que engloba toda la Bahía de Santoña y sus rías, así como el macizo del Buciero y las cercanas marismas de Joyel y Victoria, situadas en los alrededores de Noja. Constituye una de las zonas húmedas más destacadas de la Península Ibérica, punto clave en las rutas migratorias de numerosas especies de aves, así como uno de los sectores más variados e interesantes del litoral cantábrico.

En el Oeste de la región, en la zona costera, tenemos los pueblos de Comillas y San Vicente de la Barquera. De aquí a la capital se extiende un elenco de playas soberbio. Quizás las más naturales, de arena fina y dorada. Las hay con cómodos accesos, con un entorno rural increíble o también las de tipo urbano, con un número mayor de visitas, en los pueblos más turísticos de la zona, como son los citados anteriormente. Comillas, noble y aristocrática villa asentada sobre suaves colinas que prestan abrigo a su preciosa playa, de 500 metros, y su recogido puerto.
La creación de interior
Cantabria es mucho más que playas, es infinita, tal y como dice el Slogan. Desde la misma costa se atisba la complicada orografía cántabra, lo cual hace de ella una región rica en formas, montañas, escarpadas laderas y picos entre los muchos elementos que la distinguen. Desde la costa, no se puede recorrer más de 16 kilómetros sin darse de cruces con una abrupta subida a una montaña.
Imposible es cerrar el escaparate de “la guinda del creador” sin antes nombrar los “Picos de Europa”. Compartidos con Asturias y Castilla y León , es uno de los lugares más emblemáticos de Cantabria, no solo por la gastronomía de los alrededores, sino por su singular belleza, algo que impresiona solo con ver una de sus principales carreteras de acceso, a través de un desfiladero, el cual, nada más llegar, obliga a pensar en que es imposible acceder al valle de Liébana, pues lo abrupto de las montañas que lo custodian impresiona. El desfiladero de la Hermida.
Una vez logrado el acceso, llegamos al valle de Liébana, uno de los destinos vacacionales más afamados de Cantabria. De alto valor paisajístico y cultural, pues en ella se encuentra el Monasterio de Santo Toribio, que alberga el resto de la cruz de Jesucristo más grande del mundo. Centrándonos en lo natural, tenemos un millar de alternativas, siempre centradas en el turismo rural. En Val de Baró, uno de los valles más poblados de Picos de Europa, se encuentra la estación de montaña de Fuente Dé. Allí un teleférico salva casi mil metros de desnivel hasta el mirador del Cable, visita obligada para sentir cerca la grandiosidad de los Picos de Europa.


Hábitat de diversas especies muy escasas, como el rebeco, el águila real, el urogallo o el oso. Los ríos, por su parte, tienen una gran fama truchera. Una buena cantidad de senderos, algunos muy bien señalizados, son una invitación permanente al paseo y la caminata.
Por otra parte, los valles del Asón, Soba y Ruesga, en el interior oriental de Cantabria, en pleno auge debido a la implantación del turismo rural, de aventura y ecológico. Esta zona bien conocida por la pesca de río, por los santuarios de Nuestra Señora de la Bien Aparecida y el Santo Cristo de Limpias, así como por contener en su subsuelo algunas de las cuevas más largas de Europa, está todavía por descubrir como destino turístico.

Los valles del interior occidental son verdaderos remansos de paz y naturaleza. Para destacar, el nacimiento del rio Asón, en el valle de Soba, haciendo una impresionante cascada en su inicio, mediante la apertura de una grieta en medio de la montaña, es uno de los ríos más importantes de Cantabria, por su belleza, y por sus importantes cotos salmoneros.
Cambiamos de lugar, para adentrarnos en uno de los más conocidos, ya sea por sus paisajes, gentes o gastronomía, una pista; son los creadores de los “sobaos cántabros”, se trata de los Valles Pasiegos.
Las tierras pasiegas están pobladas desde tiempos inmemoriales, y eso se refleja en el paisaje. Las cabañas se encuentran diseminadas por todo el paisaje de pastos escarpados. Los cuidadísimos prados son un atributo más de un ecosistema en el que la naturaleza y los modos de vida tradicionales están muy integrados. El valle del Miera, con angostas gargantas excavadas en la roca por el río, es el más cerrado de la región, y en su encabezamiento se precipita un circo glaciar. El bosque autóctono, avellano, fresnos, castaños, robles, se encuentra bastante reducido en favor de los verdes prados.

La “guinda del creador” no es más que una breve pincelada de los atributos de una región infinita, ya sea en lo turístico, cultural, paisajístico o de cualquier otra índole, quedando muchos de los aspectos, no por ser menos importantes, fuera de esta descripción. Montaña y playa, o playa y montaña, todo en uno, conjunto de todo y parte ínfima de una región que tiene mucho que mostrar.








