Nuestras noventa playas de grandes extensiones, calas, mordientes caprichosos del terreno conquistado, urbanas y rurales, bravas o tranquilas, según el capricho de la geografía que las circunda y varias reservas naturales, son, sin duda, una tarjeta de presentación y un capital de la oferta turística.
La Fundación Europea de Educación Ambiental concedió a Cantabria quince banderas azules a otras tantas playas de la región, todas las que se presentaron al examen. Estas distinciones no son casuales. La mayoría de los municipios costeros rivalizan en el cuidado de sus playas. Cuidado en las vertientes de limpieza y de preservación de los entornos naturales y paisajísticos.
Muchas de esas playas están incluidas en parques naturales como el de Las Dunas de Liencres, El Parque Natural de Oyambre o Las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel. Impresionantes entornos naturales con playas de ensueño.

Liencres, a quince kilómetros de Santander, con una extensión de cerca de tres kilómetros es uno de sistemas dunares más grandes de España.
El Parque Natural de Oyambre se muestra en las Rias de San Vicente de la Barquera y La Rabía, con sus playas, dunas, acantilados y la masa forestal de Monte Corona, configuran este hermoso parque natural. Aquí se funde el ambiente marinero de San Vicente de la Barquera con los acantilados y estuarios que conforman el ecosistema de moluscos y aves acuáticas.
El Parque Natural de las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel es un espacio protegido con tres áreas localizadas en Cantabria; el estuario que forma el río Asón (Santoña-Laredo, esta última localidad con una playa de seis kilometros) y las marismas de Victoria y Joyel. El conjunto constituye la principal zona húmeda de la Cornisa Cantábrica y lugar principal de aves migratorias, protegidas por la UE.
Además de estas playas pertenecientes a espacios Naturales de extraordinario valor ecológico, junto al resto, ofrecen la mejor arena fina, acompañado, en ocasiones, de caprichosos sistemas rocosos. En época estival, predominan el nordeste, con un ligera brisa haciendo del sol un buen acompañante que no agobia.

Pero también, la costa cántabra, en épocas más invernales, es un maravilloso paraíso de lo salvaje, no para disfrutar con sombrilla, sino con paraguas, sentado desde una terraza, observando toda la fuerza de la naturaleza, las olas rompiendo en sus escrutados acantilados, en sus faros aún activos, contra las mismas playas… temporales, que desde una buena ubicación, siempre respetando los peligros que ofrece la mar brava del cantábrico, se pueden disfrutar de igual manera.








